JULIO Y AGOSTO

TEMA: El cuento fantástico, características, diferentes temas del cuento fantástico. Los recursos y la intención del autor. Tipos de narradores.

LENGUA CASTELLANA Y LITERATURA

 El cuento fantástico

El cuento fantástico es la narración de la realidad que mezcla elementos reales e irreales, extraños e inexplicables, con la intención de crear incertidumbre en el lector mediante la intercalación entre una explicación natural y una sobrenatural. Veremos sus características y luego disfrutaremos de un cuento de este tipo.

Capacidad: Determina las características del cuento fantástico.

Características

• La temática: Los misterios que plantean el hombre y su mundo son el punto de partida del cuento fantástico. El autor narra un suceso cotidiano que no tiene una explicación clara: el tiempo, el espacio, los sueños, las dimensiones, la muerte son los temas alrededor de los cuales gira el argumento de la obra.

• Los recursos: Los misterios son el tema de los cuentos fantásticos, pero el autor se limita a crear dudas en el lector y no pretende resolver dichos misterios. La ausencia de respuestas y la vacilación entre una explicación natural y otra sobrenatural son los recursos más utilizados para lograr la incertidumbre. Otro recurso para confundir la realidad es la interrelación entre el sueño y la realidad, sueño dentro de otro sueño, conciencia de que se está soñando, sueños comunes a varias personas que luego en la vigilia deja un rastro, etc.

• El narrador: Elabora un relato verosímil al que añade elementos extraños con la intención de producir la duda y el suspenso, curiosidad y miedo en el lector.

• Espacio y tiempo: En el cuento fantástico el tratamiento del espacio y del tiempo es impreciso, debido a que los autores liberan su imaginación e invaden tiempo, espacio, personajes, situaciones, etc. Se producen traslados a otros tiempos, ya al pasado como al futuro, detención del tiempo, desajustes entre el tiempo cronológico y el tiempo interior, etc.

• Los personajes: Pueden transformarse de distintas formas. A veces pueden sufrir el fenómeno de la metamorfosis; pueden ser poseídos por las fuerzas sobrenaturales; los elementos de la realidad, como los animales, objetos, espíritus, pueden animizarse y adquirir características propias del hombre.

Ejemplo:

EL AMIGO DE LA MUERTE

Ninguna frase pudiera haber sorprendido tanto a Gil Gil como la que acababa de escuchar:

- ¡Hola, amigo!

Él no tenía amigos. Pero mucho más le sorprendió la horrible impresión de frío que le comunicó la mano de aquella sombra, y aun el tono de su voz, que penetraba, como el viento del polo, hasta la médula de los huesos.

El pobre huérfano no podía, por consiguiente, distinguir las facciones del ser recién llegado, aunque sí su negro traje talar, que no correspondía precisamente a ninguno de los dos sexos.

Lleno de dudas, de misteriosos temores y hasta de una curiosidad vivísima, levantóse Gil del tranco de la puerta en que seguía acurrucado y murmuró con voz desfallecida, entrecortada por el castañeteo de sus dientes:

- ¿Qué me queréis?

- ¡Eso te pregunto yo! -respondió el ser desconocido, enlazando su brazo al de Gil Gil con familiaridad afectuosa.

- ¿Quién sois? -replicó el pobre zapatero, que se sintió morir al frío contacto de aquel brazo.

- Soy la persona que buscas.

- ¡Quién!... ¿Yo?... ¡Yo no busco a nadie! -replicó Gil queriendo desasirse.

- Pues ¿por qué me has llamado? -repuso aquella persona, estrechándole el brazo con mayor fuerza.¡Ah!...

- Dejadme...

- Tranquilízate, Gil, que no pienso hacerte daño alguno... -añadió el ser misterioso-. ¡Ven! Tú tiemblas de hambre y de frío... Allí veo una hostería abierta, en la que cabalmente tengo que hacer esta noche... Entremos y tomarás algo. Ya te lo dije al llegar: somos amigos... ¡Y cuenta que tú eres el único a quien doy este nombre sobre la tierra! ¡Úneme a ti el remordimiento!... Yo he sido la causa de todos tus infortunios.

- No os conozco... -replicó el zapatero.

- ¡Sin embargo, he entrado en tu casa muchas veces! Por mí quedaste sin madre al tiempo de nacer; yo fui causa de la apoplejía que mató a Juan Gil; yo te arrojé del palacio de Rionuevo; yo asesiné un domingo a tu vieja compañera de casa; yo, en fin, te puse en el bolsillo ese bote de ácido sulfúrico...

Gil Gil tembló como un azogado; sintió que la raíz del cabello se le clavaba en el cráneo, y creyó que sus músculos crispados se rompían.

- ¡Eres el demonio! -exclamó con indecible miedo.

- ¡Niño! -contestó la enlutada persona en son de amable censura-. ¿De dónde sacas eso? ¡Yo soy algo más y mejor que el triste ser que nombras!

- ¿Quién eres, pues?

Érase una persona como de treinta y tres años, alta, hermosa, pálida, vestida con una larga túnica y una capa negra, y cuyos luengos cabellos cubría un gorro frigio, también de luto. No tenía ni asomos de barba, y, sin embargo, no parecía mujer. Tampoco parecía hombre, a pesar de lo viril y enérgico de su semblante.

Entonces, aquel ser misterioso dijo estas tremendas palabras:

- Yo soy la Muerte, amigo mío... Yo soy la Muerte, y Dios es quien me envía... ¡Dios, que te tiene reservado un glorioso lugar en el cielo! Cinco veces he causado tu desventura, y yo, la deidad implacable, te he tenido compasión. Cuando Dios me ordenó esta noche llevar ante su tribunal tu alma impía, le rogué que me confiase tu existencia y me dejase vivir a tu lado algún tiempo, ofreciéndole entregarle al cabo tu espíritu limpio de culpas y digno de su gloria. El Cielo no ha sido sordo a mi súplica. ¡Tú eres, pues, el primer mortal a quien me he acercado sin que su cuerpo se torne fría ceniza! ¡Tú eres mi único amigo! Oye ahora, y aprende el camino de tu dicha y de tu salvación eterna.


ACTIVIDADES

I. Describe brevemente las características del cuento fantástico:

II. Lee el cuento del ejemplo y completa los siguientes datos:

a) El tema es:

b) Los personajes son:

c) Los recursos que utiliza son:
Evaluación:

"En el borde del barranco" de Jorge Accame



  La mujer apareció de golpe y le hizo señas para que se detuviera. El hombre frenó en la banquina unos metros más adelante. Ella se acercó y asomándose hacia adentro por la ventanilla le dijo:

  "¿Puede ayudarme? Mi auto se desbarrancó".
 El hombre miró y descubrió un cartel arrancado y la huella profunda de unas ruedas que terminaban en el vacío.
  "Suba" -le ofreció-.
 Pero ella dijo que iría a pie para mostrarle el camino.
  El hombre la siguió hasta la curva. La vio parada en el borde del barranco, con el brazo extendido, inmóvil por unos segundos. Luego la perdió en la neblina.

  Bajó de la camioneta y cerró con llave. En el fondo del monte divisó un automóvil rojo atorado en la maleza. Era un atardecer nublado y el verde de las plantas resplandecía.

  "Señora" -llamó-.
 Comenzó a descender lentamente porque la barranca era casi vertical. Resbaló dos veces antes de llegar y se rompió el pantalón. Pensó en la mujer. Se preguntó cómo se las habría arreglado en una pared tan escarpada.
  "Señora" -llamó otra vez-.
 Escuchó un llanto de niño que provenía desde el interior del auto. Se aproximó y a través de los vidrios astillados distinguió en el asiento de atrás un bebé de meses.
  En el sitio del conductor había un cuerpo doblado sobre el volante.

  El hombre tanteó las puertas pero estaban trabadas. Con cuidado terminó de romper el parabrisas. Se retorció hacia adentro, llegó hasta el niño y lo sacó. Lo apoyó en el pasto, envuelto en su campera.

  Luego volvió por el conductor. Era la mujer que lo había detenido en la ruta. Empujó su cuerpo suavemente hacia el respaldo. En el peso comprendió que estaba muerta.







"Flores" de Jorge Accame



  "Yo era profesor de Castellano en la Escuela Normal y a mediados del 80, en el segundo año del bachillerato, tomé una prueba escrita de análisis sintáctico. Al devolver las hojas corregidas sobró una. Los alumnos me dijeron que ese nombre no correspondía al grupo. La evaluación, que había sido reprobada, llevaba la firma de un confuso Juan o José Flores. La guardé dentro de mi portafolios.
  Por las dudas, en los días sucesivos pregunté en otros cursos: todos ignoraban su origen. Repasé las listas; en vano. Nadie apareció con ese apellido.
  No me sorprendí demasiado. Un escrito aplazado era quizás eludido hasta por su propio dueño. Probablemente abusando de mi ignorancia acerca de los integrantes de cada grupo, alguien habría firmado con seudónimo previendo el resultado final.
  Hacia septiembre, volví a examinar al segundo año. Corregí los trabajos y me encontré -creo que lo esperaba- con otra hoja firmada por Flores. Tampoco esta vez había aprobado.
  No llevé a cabo más pesquisas. Ahora estaba seguro de que Flores pertenecía al segundo A. Haber encontrado dos veces un trabajo suyo entre las evaluaciones de ese grupo lo confirmaba. Sospeché que se trataba del nombre apócrifo de algún bromista que había hecho dos pruebas. Una 
firmada con su verdadero apellido para obtener un concepto real; la otra, que debía atribuirse a una sombra -Flores- y que era entregada con el sólo propósito de perturbarme.
  Durante el recreo, mencioné el episodio en el buffet del colegio, delante de mis colegas. En ese momento el comentario no produjo ningún efecto. Nunca se escucha lo que dice realmente el otro, salvo que el discurso sea por mera casualidad el que uno mismo está por decir.
  Cuando ya iba a entrar al aula, sentí que me aferraban el brazo para detenerme. Era una preceptora. Se la veía nerviosa.
  "Sin querer -murmuró- he oído lo que relató en el bar". Le dije para tranquilizarla que no tenía la menor importancia. Ni siquiera intentó escucharme y empezó a hablar:
  "Había hace tiempo, en segundo A, un chico Flores que nunca aprobó Castellano. Era voluntarioso y estudiaba mucho, pero sus deficiencias -mala escuela primaria o falta de cabeza, se ve- le impidieron eximirse. Una tarde, cuando venía hacia aquí a rendir examen por quinta o sexta vez, lo atropelló una camioneta y murió. Fue la única materia que quedó debiendo para siempre".













  La narración era bastante melodramática. Sin embargo, la mezcla de ambigüedad y precisión entre aquellas coincidencias me inquietó por varias semanas.
  Ese verano, tomé la evaluación final en segundo A. Busqué la de Flores y la aprobé sin leerla. Al día siguiente, la dejé sobre el pupitre de un aula vacía.
  Ya no volví a saber de mi inexistente alumno. Deliberadamente, deseché una última explicación posible: la intervención de algún familiar o amigo íntimo del difunto, que cursara en la escuela y hubiera prometido cumplir póstuma y simbólicamente su voluntad truncada.
  Para mí -y para la sombra- había una sola realidad: Flores, ese año, se eximió en la materia que lo había fatigado".




  Una muerte serena, sin muecas de dolor ni de miedo. Sólo en los suaves labios morados se alargaba un suspiro de cansancio, porque su instinto de hembra la había forzado a trabajar más allá de las jornadas humanas".

OTROS CUENTOS PARA LEER...
El guante de encaje
Cierta vez, un paisano de La Aguada viajaba con su hijo en carro por el camino viejo que une al poblado que llaman Capilla de Garzón con Pampayasta. Cuando iban pasando por el campo de los Zárate, en el cruce mismo con el camino nuevo, una mujer muy joven vestida de fiesta, los detuvo.
Aunque era muy entrada la noche, la habían visto de lejos porque la luz de la luna era intensa y el color del vestido, blanco brillante. – Mi novio se ha enojado conmigo y me ha dejado sola en el medio del campo –dijo cuando el carro se detuvo- ¿Podrá usted llevarme hasta la entrada de Pampayasta? Yo vivo ahí.
-Como no, señorita – contestó el paisano, y él y su hijo le hicieron un lugar en el carro. Viajaron en silencio un buen rato, hasta que empezaron a hablar de cosas sin importancia, más por ser amables que por verdadera necesidad de decir algo. En esas conversaciones ella confesó que le gustaba demasiado el baile y que se llamaba Encarnación.
Era una noche de crudo invierno y la joven estaba desabrigada. Cuando el paisano la vio temblar, dijo: - Convide, hijo, a Encarnación con un bollo de anís y un trago de ese vino de canela que llevamos, que es bueno para los enfriamientos. Y el muchacho le ofreció pan y vino. Ella pegó un bocado grande al bollo y tomó desesperada unos tragos. Algo de vino cayó sobre el vestido y dejó allí, en el pecho, una mancha rosada como un pétalo- - ¡Qué Lástima! – habló ella- ¡Era tan blanco!
Pero siguió comiendo el bollo de anís con muchas ganas, tanto que cualquiera hubiera dicho que iban a pasar años antes de que volvieran a ofrecerle algo.
Cuando llegaron a la entrada de Pampayasta, muy cerca de donde esta el boliche de Severo Andrada, les dijo que habían llegado. El paisano detuvo el carro y ella bajó y fue corriendo a meterse en la casa de la esquina, frente al cruce. Padre e hijo siguieron viaje. Habían hecho una cuantas leguas cuando el hijo vio brillar algo en el piso del carro. Se agachó y descubrió un guante blanco de encaje fosforescente. Entonces se lo mostró a su padre y decidieron volver a la casa donde habían dejado a Encarnación, para devolvérselo.
Hicieron de regreso las leguas que habían andado, hasta la zona del boliche de Severo Andrada, y se detuvieron en la esquina, frente al cruce. Bajaron los dos, pero fue el padre quien golpeó las manos. -¡ Avemaríapurísima!- llamó como lo hacen los paisanos. Le contestaron los perros. Y después, la voz de un hombre recién arrancado del sueño: -¿Qué se le ofrece?
-¿Aquí vive una señorita llamada Encarnación? -preguntó el paisano. El dueño abrió la puerta. Estaba pálido. Y se quedó mirando a los dos forasteros sin decir palabra.
-Venimos a devolverle un guante. Se lo ha olvidado hace un momento en nuestro carro. El hombre siguió mirándolos en silencio.
-No lo tome a mal-insistió el paisano-.Tuvo un problema y nos pidió que la acercáramos. -El hombre seguía en silencio.
El hijo estuvo con la mano extendida, acalambrada de tanto ofrecer el guante al dueño de casa, hasta que éste habló: - Es mi hija, pero está muerta...ayer se cumplieron veinte años...
-Dijo que venía de bailar...recordó el paisano.
-Hace veinte años...contó el padre- para el día de Santa Rosa, murió bailando en las fiestas patronales. Del corazón, sabe?
Los dos hombres que habían llegado en el carro, así como estaban, pegaron media vuelta murmurando una disculpa. Pero el padre de la joven reclamó: - El guante...por favor. Es para llevárselo a la tumba. Todos los años, para la fiesta de Santa Rosa, se olvida algo en alguna parte y hay que ir a ponérselo.
El muchacho entregó el guante encaje. Después alcanzó en silencio a su padre que ya estaba sentado en el carro azuzando a los caballos.
María Teresa Andruetto
De colección pag12



 











Del Señor de la Peña
El
palacio, deshabitado hace veinte años, se alzaba en peñón a la salida del pueblo, donde los vientos lo rodeaban persiguiéndo
se en sus juegos salvajes y donde el mar rompe los puños infinitos en su larga querella que no termina nunca.
Los reparadores lo repararon un mes antes y enseguida llegaron veinte camiones cargados de muebles para las veinte habitaciones de la casa, el camino a muchas de las cuales se ha perdido.
El portero, la cocinera, el jardinero y la camarera, contratados previamente por el nuevo dueño, los vieron llegar apoyados en el muro del portal. Deben ser un regimiento -suspiró la cocinera. Y los otros asintieron con las cabezas, melancólicos.
Pero al final de la procesión no venía sino un automóvil y, dentro, sólo el nuevo Señor de la Peña. Menos mal -suspiró el jardinero. Y la camarera propuso, fervorosa: Así sea.
2 Es un muchacho, un verdadero niño-dijo la camarera arreglándose el pelo y procurando verse, de costado, en el vidrio de la despensa. Bueno –dijo el jardinero, dejando la boina sudada sobre la mesa de la cocina y secándose el sudor con un enorme pañuelo rojo y gualda. Un niño con cara de viejo. ¿ A quién se le ocurre...? Y procedió a contar cómo el Señor de la Peña se había empeñado en que él escondiese los tiestos de las rosas entre las hojas de la palma. Además –agregó, mirando significativamente a la camarera-, apenas puede tenerse en pie. Claro – repuso ella, furiosa-, con el dolor que le ha dado en la espalda al pobrecito.
3 Es un muchacho de Dios –afirmó el portero, que era también valet del Señor de la Peña- ahí metido entre sus libros, con esas ropas que parece de cura, y siempre “me hace usted el favor”, “tiene usted la bondad”, “tantísimas gracias”. Si hasta me pidió perdón cuando le derramé el café encima. La cocinera se puso en jarras: ¡Ropas de cura! Todo sucio y con las botas....Un tártaro, eso es lo que yo digo. Y el modo de pedirme el ron, las palabrotas, total por nada. ¡Eh! ¡Ni mi difunto marido! Vaya, vaya –dijo el portero, contando distraídamente unas monedas-, un momento malo lo tiene cualquiera.
4 Un viejo –dijo el jardinero descargando el puño sobre la mesa-, digo que es un viejo y que es una desgracia que le estés detrás. ¡Oiganlo! –chilló la camarera- ¡Un viejo! ¡Viendo visiones! Si lo dice por el modo de pensar, está bien, que por otra cosa...Bueno –intervino el portero, conciliador-, un poco calvo y ya duro, pero no tanto como viejo. Como es rubio...¡Calvo y rubio! ¡Negro, un indio! –cortó la cocinera, poniendo al cielo por testigo. Y ya iban a recurrir a las últimas y definitivas razones cuando el portero, que ha leído un poquito y es, en suma, un intelectual, detuvo el brazo armado de la cocinera y reclamó atención y calma. Esto es muy extraño – dijo - . Parece que hablamos de cuatro personas distintas. Y pensándolo un momento, los cuatro juntos no lo vimos más que una vez, a su llegada, tan envuelto en pieles que lo mismo podía ser oso. ¿Habrá tres impostores en la casa? Propongo que vayamos los cuatro a verlo, ahora mismo. Está en su estudio, lo acabo de dejar allí. Pero la cocinera propuso que fuesen primero por su cuñado, el policía del pueblo, y que, mejor, se asomen los cinco por la ventana del estudio.
5 El Señor de la Peña estaba sentado a su mesa, pero no escribía. Reclinaba la cabeza en el alto espaldar de la silla, inmóvil en la luz plomiza de la claraboya. Si ése es el Señor, es un muchacho –dijo el asombrado jardinero. La camarera se cubrió la cara con las manos: Tenías razón, es un viejo horrendo –dijo. El portero dio un paso atrás, persignándose: Es un puro demonio. La cocinera, cruzadas las manos sobre el delantal, miraba al Señor de la Peña beatíficamente. Entonces el policía, que daba muestras de impaciencia, le tiró malhumorado de la manga: ¿Qué estás tú mirando? Ahí no hay nada más que una silla vacía.
Eliseo Diego
(La Habana 1920)
entre otras obras publicadas: Los días de tu vida (poesía 1978), En las oscuras manos del olvido (cuentos, 1942), Divertimentos (relatos 1946), Libro de las maravillas (poesía 1968)
tomado de Antología del Cuento Cubano (I)
biblioteca pag12



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